sábado, 1 de noviembre de 2014

Todos los caminos llevan a Roma (y de allí vienen también)

Acaba de nacer mi 2º hijo: Daniel.

Lo mejor: la sensación de hacer algo bien. A ojos de cualquiera, tener un hijo es motivo de felicitación. Es curioso: entre todas mis publicaciones de Facebook, solo el nacimiento de mis hijos ha superado en popularidad a mis logros deportivos. Se ve que en esta sociedad globalizada y tecnológica, donde todo se mide en euros y gigabytes, todavía (aunque sea de un modo subconsciente) seguimos valorando las cualidades inherentes al ser humano, al margen de la era en que vivamos.

Lo peor: ¡¡las noches en el hospital!!. Bueno eso, y el inevitable sufrimiento al que cualquier mujer ser ve sometida como módico precio a cambio del milagro de crear una nueva vida.

Lo primero que me ha sorprendido, es comprobar en primera persona cómo hemos pasado del derroche inconsciente, como si el dinero de los presupuestos públicos destinado a sanidad naciese de un arbolito (eso sí, fuertemente custodiado en el huerto del Banco de España, que si no todos iríamos en Yate), a ahorrar en cosas tan absurdas como el pedir que un enfermo conserve una venda para sujetar los sensores del "monitor de embarazo" (seguro que tendrá algún nombre técnico como monitorizador cardiovaginotorázicorectal-intrínseco-fetal, así parecen más listos, pero dicen lo mismo) para que la misma venda le sirva en sucesivas visitas, o escuchar el bufido de la enfermera somnolienta de guardia, al pedirle dos ibuprofenos en lugar de 1 porque al padre también le duele el cráneo encefálico de escuchar berridos de neonatos en estéreo, al tener que convivir en habitación compartida con otra pareja de padres nobeles.

Un solo pediatra para todos y, todo hay que decirlo, tan dispuesto que compensa con creces (y con profesionalidad y mucho esfuerzo) las carencias que hoy por hoy nos ofrece el servicio de salud público, al poner a un solo médico para toda una planta. Es curioso porque la situación provoca que enfermos o (en este caso) padres de recién nacidos estemos pululando por los pasillos en busca del pediatra, como el que busca a Wally en el dibujo, con la dificultad añadida que que todos los sanitarios se visten iguales. Habría que sugerir al SAS que vistiesen al médico con una camiseta de rallas rojas para facilitar la labor. Me encantó el mote que estos médicos nos ponen a los caminantes dubitativos de pasillos en busca de consejo médico: los Walking Dead... muy apropiado!! :)

Pero la conclusión más fuerte que saqué en estos días, al margen de economías y presupuestos públicos, es una mucho más humana y real:

Todos los bebés se comportaban igual, lloraban igual, reaccionaban al baño igual (¡a ninguno le gusta al princio!)... estamos todos programados de fábrica con el mismo software... y todos acabamos igual. Hay una gran similitud entre el principio y el final de la vida y se podía comprobar con solo bajar de planta en el hospital:

El carrito de bebé VS. Silla de ruedas del anciano
La cuna VS. la cama de hospital
La madre que cuida al bebé VS el cuidador del enfermo
La rutina de dormir y comer VS el enfermo que solo duerme y se levanta para comer

La gran diferencia es que en el bebé, todas las perspectivas están llenas de ilusión y planes y en el anciano la desesperanza acaba ganando la partida.

Esos son el inicio y el final del trayecto. Los atajos que cojamos por el camino o la velocidad a la que lo recorramos, la ponemos nosotros. Pero al final, por mejor que conduzcamos, el destino de todos es el mismo. Quizás esta reflexión me venga bien para poner el aire acondicionado, mi CD favorito, abrir el techo solar y conduzca disfrutando de las vistas, en lugar de obsesionarme tanto con llegar.